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Soledad Molina ss.cc., Superiora Provincial 2025-2028: “Ser creíbles hoy exige testimonio, no discursos”

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En una Iglesia y una sociedad marcadas por transformaciones profundas, Soledad Molina ss.cc. reflexiona sobre el liderazgo femenino, la vida comunitaria y el desafío de construir credibilidad desde la sencillez y la escucha.

Su vínculo con la congregación se remonta al ingresar a segundo básico al Liceo Nuestra Señora de la Paz. Formó parte de la segunda generación de egresadas como liceo, propiamente tal, en 1986. “Soy exalumna, segunda generación de cuartinas”, dice con sencillez, desde una pertenencia que nunca se pierde.

En esos primeros años aparecen los nombres que marcaron su memoria: la hermana Adriana Salinas, directora firme y de carácter; Carmen Rosa; y Violeta Vidal ss.cc., entonces profesora laica de Física, a quien conoció antes de que ingresara a la congregación. No idealiza esa etapa: “Salí de cuarto medio y no quería saber nada de las monjas”, reconoce con honestidad.

Sin embargo, algo había quedado en la siembra. Durante la enseñanza media participó en misiones y en actividades pastorales junto a un grupo de profesores y profesoras comprometidos con el liceo: “Los viejos estandartes, esos que daban tiempos fuertes de su vida por la formación de los jóvenes, capaces de regalar tiempo, fines de semana, acompañamiento”, recuerda. 

Tras salir del colegio estudió por un tiempo programación, pero sin demasiada convicción. El “bichito” vocacional reapareció cuando, casi por casualidad, fue invitada a una jornada vocacional en Santiago. Aceptó, entre otras razones, porque nunca había viajado a la capital. Participó en varias jornadas, con timidez y sin decir demasiado, hasta que en la última, la entonces maestra de postulantes dijo frente al grupo: “Aquí hay una personita que no se atreve a decirlo, pero parece que quiere entrar”. Soledad entendió que ya no había escapatoria.

Ingresó a la congregación en 1987. La decisión no fue fácil para su familia. Sus padres, marcados por una visión preconcebida de la vida religiosa, vivieron la noticia como una pérdida. Hubo silencios largos y sin palabras hasta que finalmente, ambos la acompañaron al postulantado en Santiago. Con el tiempo comprendieron que no solo no la perdían, sino que ganaban una nueva familia; la familia religiosa de esta hija, la tercera de 5.

La formación incluyó seis meses en Colombia antes de los votos perpetuos, y posteriormente una experiencia misionera fuera de Chile: un tiempo en Francia para familiarizarse con el idioma para luego aventurarse a una misión profunda en el Congo. En Kinshasa vivió en La Montagne, una comunidad ubicada en una zona periférica, trabajando primero en la administración de un colegio y luego en alfabetización de mujeres, en francés y en lingala. “Ahí uno aprende lo esencial”, comenta.

De regreso en Chile, su camino fue amplio y diverso: pastoral juvenil en Reñaca Alto a mediados de los años noventa; comunidades en San Gregorio, Lago Ranco, El Carmen; trabajo administrativo en el Liceo Nuestra Señora de la Paz; acompañamiento en tiempos de cierre y reconfiguración de comunidades. Paralelamente, decidió formarse profesionalmente. Estudió Trabajo Social y realizó su práctica en la Ciudad del Niño, una experiencia que describe como dura y profundamente formativa. Más tarde, ya asumiendo responsabilidades económicas, estudió contabilidad durante tres años en horario nocturno. “Si voy a asumir un servicio, necesito herramientas”, afirma.

Del economato al provincialato…

Desde 2009 estuvo vinculada al economato provincial, servicio que ejerció por casi 17 años. Había decidido dar un paso al costado cuando en julio de 2025, durante el primer capítulo de la nueva provincia Chile – Paraguay, sus hermanas la eligen como la nueva superiora provincial. Su reacción fue de conciencia del desafío. “Lo que más me cuesta de este servicio es estar expuesta. Me cuesta compartir la intimidad”, confiesa. Se define como una persona reservada, con un margen de intimidad pequeño, a quien le acomoda más escuchar que hablar.

Para ella, el cargo no la define. “Los servicios se acaban. Lo que queda es una hermana”, dice. Insiste en que sigue siendo la misma Soledad de siempre, aunque ahora deba cuidar más sus palabras porque tienen mayor repercusión. Se reconoce como una mujer intuitiva, con capacidad de escucha y una forma directa de decir las cosas cuando es necesario.

Al mirar los desafíos de la provincia y de la vida religiosa hoy, pone el acento en la fraternidad. “Si ya es difícil en la familia, imagínate entre personas que nos conocimos grandes”, reflexiona. Cree profundamente en la vida fraterna como un camino que vale la pena, aunque implique tensiones, aprendizajes y reconciliaciones constantes. También es consciente de los desafíos de ser mujer en una Iglesia y en un país que aún arrastran rasgos machistas. “Hay que hacerse espacio, a veces a codazos, pero sin competir”, sostiene.

Le preocupa especialmente la credibilidad. Para ella, el gran desafío hoy es reconstruir desde las “piedras rotas”: ser coherentes, dar testimonio real, especialmente frente a las nuevas generaciones. Reconoce que como congregación aún hay deudas en el mundo juvenil y que no basta con estar en la adolescencia escolar. “La juventud está en la calle, en las universidades, en otros espacios, y para ellos ser creíbles hoy exige testimonio, no discursos”, dice con lucidez y autocrítica.

Y en esa necesidad de estar, vuelve a la imagen evangélica de la Samaritana en el pozo. “¿Cuántas personas están sedientas? ¿Cuántas necesitan una oreja, alguien que camine al lado?”, se pregunta. Para ella, ese es el corazón de la vida religiosa: el acompañamiento sencillo, cotidiano, muchas veces invisible. Estar disponibles para lo pequeño y lo necesario, incluso cuando nadie quiere hacerlo: “Yo siento que en la vida religiosa eso es el centro; el acompañamiento del otro. Acompañamiento que implica muchas cosas, tú ves a las hermanas en los colegios. A veces lo hacemos bien y a veces lo hacemos mal, somos humanas. A veces acertamos y a veces no acertamos. Pero el deseo de querer servir, está. Debemos empujarnos a estar siempre atentas al servicio, desde las cosas más importantes, hasta aquellas que nadie quiere hacer”.