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Qué difícil es poder transmitir tantas emociones y experiencias de lo que fue esta segunda versión de las Misiones 2025 en Pemuco, donde las hermanas atienden la Parroquia San José con 20 capillas. La vivencia de comunidad, de trabajo, de encuentro con otros, de conocer distintas realidades… Otra intimidad; la de los sencillos, la del campo y los que trabajan la tierra, la de los predilectos de Jesús.
Las comunidades se prepararon para abrir sus brazos a los misioneros. En Ateuco construyeron un baño con sus propias manos para que estuvieran más cómodos en el salón al costado de la capilla. Pusieron estanque de agua y consiguieron lo necesario para que pudieran cocinar. En Canelillo improvisaron una ducha y mejoraron los estanques que proveen de agua a la sede. En Valle Hermoso —nuevo lugar— la señora Inés no dudó en ofrecer la casa contigua a la suya, desocupada, para que los jóvenes pudieran comer y descansar después de las larguísimas caminatas. Y en San Miguel, también nuevo territorio de misión, fueron recibidos en una sede social cómoda y remodelada y una comunidad numerosa con una rica experiencia pastoral.
Desde la coordinación provincial de la Pastoral Juvenil SS.CC. se tomó una decisión valiente: realizar las misiones en la última semana de noviembre para facilitar la presencia de colegios que no pueden sumarse en enero. Allí estuvieron, entonces, jóvenes del Liceo San Javier, Liceo Nuestra Señora de la Paz, SS.CC. Providencia y SS.CC. Viña del Mar – Álvarez, guiados por sus asesoras y acompañados por las visitas constantes de los coordinadores, Graciela Garay ss.cc. y Mirko Muena. En cada lugar había jóvenes de dos colegios y sus respectivas asesoras.
Este año, la coordinación quiso hacer algo más que planificar. Quiso estar. Acompañar. Mirar a los jóvenes a los ojos en medio del cansancio, del sol, de la risa y de la fe.
Las palabras de Graciela Garay ss.cc. develan esa intuición profunda: “Decidimos visitar las comunidades no solo para ver cómo iban las actividades, sino para saber cómo estaban los chiquillos: si dormían bien, si algo les faltaba, si había dificultades… y también para regalarles un rato de juego y cariño. Queríamos que supieran que podían contar con nosotros”.
Para eso nació Viajando ando, la combi de los Sagrados Corazones: un juego itinerante que llevaba a los jóvenes a recordar retiros, encuentros de líderes y las mismas misiones. Una forma lúdica, pero profundamente simbólica, de reconocerse como parte de un camino común.
Graciela continúa: “Nos quedamos a dormir con ellos, les preparamos panqueques al amanecer… Queríamos regalonearlos. Porque cuando estás lejos de casa, con frío, con cansancio o con dudas, ¿quién te apaña? Poder estar ahí, conocerlos, mirarlos en persona y no desde el escritorio… fue un regalo”.
Ese gesto, tan sencillo pero tan profundo, marcó la diferencia. Y permitió ver lo esencial: la comunidad que se forma, la confianza que crece, la fe que se enciende. Y todo acompañado de la vida misma del campo a la cual se sumaron los jóvenes: cosechas, orden, limpieza, pintura de las capillas, hasta les tocó participar en la semana pemucana. Siempre disponibles y al servicio de la gente.
La experiencia de Macarena Ferrada, estudiante de SS.CC. Providencia, lo sintetiza con una lucidez admirable para su edad: “Misiones no es solo ir a ayudar. Es aprender cosas que no esperas. Es descubrir quién cocina, quién ordena, quién aprende… y empujarnos entre todos a crecer. La gente no solo recibe: también te recibe a ti”.
Su relato abre la ventana a lo que muchos vivieron: “No sé cuántas oportunidades así se tienen en la vida. Te hace el clic sobre lo que quieres y lo que no quieres. Volver a tu casa después es como un golpe de realidad… hasta el agua caliente se siente distinta. Pero también vuelves distinto tú”.
Y tiene razón. Los vínculos creados en misiones no se parecen a nada: se forman rápido, se vuelven familia en días, sostienen en el cansancio, alivian el frío, llenan el silencio con risas después de andar tantos caminos.
Para Macarena y su comunidad la liturgia final en San Miguel Alto fue un punto de inflexión: “Pensábamos que habíamos hecho poco… hasta que la gente lloró, agradeció, nos abrazó. Ahí entendimos todo”.
Valle Hermoso, Canelillo, Ateuco y San Miguel fueron los escenarios de esta misión. Cada uno con su geografía, su gente, su memoria…
Milena Burgos, del Liceo San Javier, lo expresa con sencillez: “La gente es muy cariñosa. Abrazan fuerte. Comimos mucho y nos han recibieron como familia”.
Inés Ramírez, anfitriona de Valle Hermoso, recuerda la importancia de la presencia misionera: “Es súper importante que no se olviden de que habemos campesinos que necesitamos la palabra de Dios. Estoy muy contenta de que ellos que estuvieran acá y ojalá se repita. Se portaron tan bien… Me alegraron la semana con su ruido y su compañía”.
Rafaela Núñez, del colegio de Viña, pone el acento en la mirada nueva: “Aquí hay que fijarse en los detalles: cómo viven, qué necesitan, si basta solo escucharlos. Te cambia la forma de ver el mundo”.
Lucía Guerra, asesora de Viña, participó por primera vez: “La verdad es que me siento muy afortunada y agradecida porque nos ha tocado en una casa con agüita caliente y comodidad. Me tocó un buen grupo con la asesora que me acompañó, los chiquillos muy buena onda así es que se hizo mucho más grata esta experiencia, si tienen la oportunidad de vivirla, que lo hagan porque es gratificante también para el corazón poder compartir una palabras, escuchar y entregar mucho amor”.
Florencia Ibarra de Álvarez, se alegra de haber podido tener la posibilidad de ir: “Afortunadamente pude venir a misiones y fue muy entretenido conocer gente nueva y a los vecinos de la comunidad y escuchar nuevas experiencias, que siempre es bien recibido”.
Y Leonardo Contreras, ya con la experiencia de tres misiones en el cuerpo, lo resume con un clásico que nunca pierde verdad: “El misionero termina siendo misionado. Recomiendo esta experiencia, a pesar de caminar bajo el sol y las dificultades que uno puede encontrar cuando misiona, tiene que ver con el conectar con la espiritualidad”.
Entre caminatas interminables bajo el sol, recolección de agua, tardes de catequesis, visitas a pie por senderos interminables, comidas improvisadas, noches de conversación y días intensos, se fue tejiendo algo que solo las misiones saben crear:
Un hilo invisible.
Uno que une a jóvenes que antes no se conocían.
A asesoras que acompañan sin soltar.
A comunidades que abren su intimidad.
A Jesús que camina, silencioso y cercano, en cada gesto sencillo.
La pastoral juvenil SS.CC. quiso estar donde los jóvenes están. Y lo logró. Cada comunidad visitada, cada desayuno compartido, cada palabra escuchada fue recordándoles que vivir la espiritualidad Sagrados Corazones es, ante todo, caminar con otros.
Las misiones terminan, pero no se acaban.
No cuando alguien vuelve a casa y agradece el agua caliente.
No cuando una señora del campo recuerda que fue escuchada.
No cuando un joven descubre que puede más de lo que pensaba.
No cuando la risa compartida resuena para siempre.
Las misiones no terminan porque se quedan en el corazón.