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Queridas familias, estudiantes, educadores y asistentes de la educación:
Los hechos ocurridos en Calama el pasado viernes 27 de marzo nos han golpeado profundamente. Nos duelen y nos desconciertan, pero también nos interpelan como comunidad educativa y más aún como Iglesia.
La vida escolar es esencialmente un espacio de cuidado y de formación para la vida. Quienes educan no solo transmiten conocimientos, sino que también acompañan y contribuyen activamente a la construcción de la comunidad en su conjunto. Por eso, la pérdida de una educadora y el sufrimiento de quienes han sido heridos nos afectan tan directamente.
Hechos como estos nos deben conmover y movilizar a generar diálogos profundos entre formadores y formandos que nos permitan mirar qué hay detrás de algo así. ¿Cómo se llega a nublar la mirada a tal grado de dejar de reconocer a un compañero, a un educador que ha compartido parte del camino con uno? ¿Qué preguntas debemos hacernos? ¿Dónde buscamos las respuestas? Detrás de situaciones como estas, sin duda, se esconden historias, heridas, experiencias de soledad y frustración que exigen nuestra atención.
No nos corresponde juzgar a quien cometió este acto. La justicia deberá hacer su camino. Pero sí nos corresponde, como comunidades, mirarnos con honestidad y preguntarnos: ¿Estamos generando verdaderos espacios de escucha? ¿Estamos atentos a las señales de nuestros estudiantes y también de nuestros adultos? ¿Estamos acompañando de manera oportuna y cercana?
Hoy se vuelve urgente recuperar lo esencial: la conversación sincera y la escucha que acoge sin apuros ni etiquetas. Como comunidad educativa y de fe, estamos llamados a cuidar la vida en todas sus dimensiones, especialmente allí donde se vuelve más frágil.
“¿Dónde está tu hermano?”, es la pregunta que Dios hace a Caín. Y luego insiste: “Qué has hecho con tu hermano?” Esta pregunta de Dios no es solo un reproche, es también un llamado a la responsabilidad compartida, a no desentendernos del otro reconociéndonos parte de una misma comunidad donde la vida y la historia de cada uno importa.
Les invitamos a abrir espacios de diálogo en sus cursos, en sus hogares, en sus equipos. A no dejar pasar este momento sin preguntarnos qué podemos hacer mejor, cómo podemos acompañar más y cómo podemos construir comunidades donde cada persona se sienta vista, escuchada y cuidada.
Que estos hechos que nos han impactado y dolido no nos paralicen, sino que nos movilice a vivir con mayor profundidad nuestra vocación de cuidado y formación de nuestros estudiantes, hijos/as, hermanos/nas.
Reciban un fraterno saludo en los Sagrados Corazones
Soledad Molina ss.cc.
Superiora Provincial
Chile-Paraguay