Queridas hermanas:
Hoy conmemoramos el 220.º aniversario de la llegada de la imagen de Nuestra Señora de la Paz a nuestra familia religiosa. Aquel acontecimiento selló profundamente nuestra identidad; fue un don de Dios en un tiempo en que el mundo, al igual que hoy, clamaba por consuelo y esperanza.
La acogida de la imagen no fue solo un acto de piedad, sino, sobre todo, el sello de una alianza: María entró en nuestra casa para ser la guardiana del carisma de los Sagrados Corazones. Celebrar estos 220 años me invita a reflexionar sobre tres puntos fundamentales para nuestra vida y misión:
- Fidelidad a los orígenes en la dificultad: La imagen de la Virgen llegó a la congregación en un tiempo de reconstrucción, recordándonos que nuestra misión nace de la confianza en Dios por encima de las dificultades históricas e internas. Esta pequeña imagen ha visto pasar generaciones de hermanas; ha sido testigo de nuestras oraciones silenciosas, de nuestras crisis y de nuestras alegrías. Ella nos llama a ser fieles al origen de nuestra familia, nos recuerda que no estamos solas y nos une a nuestros fundadores.
- Vocación de paz y reparación: Nos recuerda que nuestra vocación de adoración y reparación es, en esencia, un compromiso con la paz que brota del Corazón de Cristo. Esa es nuestra misión en el mundo y en nuestras comunidades. María nos enseña que nuestro carisma nace de un corazón que sabe esperar y que, como ella, estamos llamadas a ser «custodias» de la esperanza, como nos lo recordaba el Papa Francisco.
- Modelo de entrega y fraternidad: María, Reina de la Paz, sigue siendo el modelo de nuestra entrega, invitándonos a ser hoy rostro de consuelo en nuestros apostolados y en nuestra vida fraterna. Que su imagen nos impulse a ser «artesanas de la paz», comenzando por el gesto sencillo y la palabra amable entre nosotras.
Que al mirar hoy su imagen en nuestras casas, no veamos solo una herencia del pasado, sino una presencia viva. Que, tras dos siglos, su llegada se renueve hoy en cada uno de nuestros corazones, fortaleciendo nuestro deseo de amar y servir.
Unidas en los Corazones de Jesús y de María,
Soledad, ss.cc.